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Los peces anuales
Breve recorrido por la biología de los Nothobranchius
Por Roberto Petracini

Recorriendo algunos territorios rocosos durante el tórrido verano africano, en espacial los de Somalia, Etiopía, Kenya, Uganda y Sudán, nada hace pensar que bajo esa superficie desierta existe una forma de vida latente que se mostrará plena de vitalidad y colorido al llegar la estación de las lluvias.


Llegan las lluvias

Los arbustos, que apenas subsisten a la sequía, rápidamente reverdecen y se multiplican; plantas y flores silvestres surgen de la nada y cientos de charcos se forman aquí y allá, que, saturando el suelo, demorarán varios meses en secarse.

El agua de lluvia que riega profusamente las sierras y valles arrastra en su recorrido hacia las partes bajas materia orgánica diversa. Y los vientos que soplan desde el  Mar Rojo en el norte y el Océano Índico en es este, impulsan la bruma marina cargada de sal hacia esos pequeños charcos.

Esto confiere al agua características poco comunes, ya que el agua de lluvia, prácticamente desmineralizada, contiene un porcentaje de sodio que aportan los vientos provenientes del mar.


La vida en los charcos

En muchos charcos ya poblados por millones de microorganismos, larvas de insectos y pequeños crustáceos crece la Sisaliana, planta similar al cáñamo de la cual se obtiene la fibra conocida como “sisal”. En torno a las raíces de la Sisaliana, 12 a 15 días después de iniciadas las lluvias y por el aumento de la temperatura por la acción del Sol, aparece un enjambre de pequeños alevines que apenas se diferencian de los microscópicos organismos y crustáceos.

Ante tal abundancia de alimento y por sus propias necesidades de supervivencia, el crecimiento de estos alevines es vertiginoso. El calor se aproxima, y con él llega a su fin la vida en el charco, ya que el agua se evapora inexorablemente. Así es que la supervivencia de la especie exige rápido crecimiento y una pronta reproducción para asegurar la continuidad por medio de sus descendientes.

Para que esto sea posible la abundancia de alimento es fundamental. Y la fortaleza y agresividad para vivir hacen que sólo los machos más fuertes y mejor dotados sean los que finalmente quedan vivos para defender sus territorios.

En poco más de dos meses llegan a su tamaño adulto. Y su intenso colorido permitirá a los machos destacarse para atraer a las hembras hacia su pequeño territorio.

Para ese entonces el agua habrá llegado a temperaturas próximas a los 28-30º C y se habrá ido evaporando poco a poco, acelerando rápidamente la descomposición de la materia orgánica y concentrando el alimento en espacios cada vez más reducidos.

El cambio de temperatura entre el día y la noche es muy brusco y en la medida que el agua se va evaporando, puede pasar de 35-38º C en el día a menos de 18º C durante la noche.

En esas condiciones las hembras, empujadas a desovar por su propia naturaleza, se van aproximando a los machos, quienes permanecen atentos a que ningún otro invada su espacio vital. Allí, plenos de colorido para atraer a sus compañeras, se abalanzan sobre ellas ni bien se introducen en su territorio, apretándolas contra elñ suelo para que se entierren en él más o menos profundamente y depositen los huevos que serán fecundados con abundancia de espermatozoides antes de quedar sepultados por el material del lecho.

Siendo los territorios tan pequeños, las hembras pasan fácilmente de uno a otro, desovando con diferentes machos hasta vaciar el ovario.

Este método garantiza la supervivencia aún ante la posibilidad de que la fertilidad de algunos machos sea nula.


La muerte del charco

Pasados cuatro o cinco meses desde que comenzaron las primeras lluvias, los charcos apenas si contienen agua. La temperatura aumenta rápidamente. Y entre el fango de los lugares más profundos aún se puede observar, con el último hálito de vida, que algunos machos y hembras entierran sus últimos huevos antes de morir. Sus branquias cubiertas de lodo les impiden respirar, el fango del lecho tiene una temperatura que puede llegar a los 45º C y quema sus cuerpos, pero la fuerza de la Naturaleza y el instinto de supervivencia les ordenan un nuevo intento por desovar. Ya sin fuerzas los huevos no pueden ser enterrados tan profundamente, ni estarán tan protegidos de la erosión y el pisoteo de los animales. Pero mientras quede un segundo de vida y un mínimo de fuerza, seguirán desovando.

Dos o tres días después, sobre lo que fuera un paraíso de vida y color, sólo quedarán los rastros de los pájaros que se encargaron de limpiar lo poco que quedaba de vida. Y el viento seco del verano irá depositando polvo sobre los restos del fangoso lugar.


La vida latente
Sin embargo, bajo tierra, protegidos de la erosión, de los insectos y de los pájaros, miles de pequeñas esperanzas de vida aguardan la temporada de lluvias para reanudar el ciclo impuesto por la Naturaleza.

Algunas de esas esperanzas se perderán definitivamente al ser atacados los huevos por microorganismos, tanto hongos como parásitos. Oros se perderán al producirse lluvias extemporáneas que aportarán agua sólo por unos pocos días, provocando el nacimiento. Pero la Naturaleza ha dotado a estos peces de un recurso para asegurarles la supervivencia: nunca los huevos eclosionan al mismo tiempo. Muchos demoran en madurar más tiempo del que dura el agua de verano. En tales casos el embrión detiene su crecimiento, el cual se reiniciará –esta vez- sólo cuando el agua permanezca bastante tiempo en contacto con el huevo.

Muchos de los huevos tienen capacidad de soportar una o más lluvias sin inmutarse, y solamente reaccionarán interrumpiendo su diapausia tras mucho tiempo de estar en remojo, comenzando su desarrollo en condiciones muy especiales, tales como el descenso de la temperatura, la diferencia de presión osmótica y otros procesos que se dan en tales ambientes.


En el acuario
La extraordinaria belleza y colorido que exhiben estos killis han despertado desde siempre la admiración de los acuariófilos. Al punto de convertirse en una especialización. Hoy en día podemos considerar que un aficionado a los killis es un acuariófilo especializado, apasionado con sus peces y meticuloso en sus procedimientos.

Por esa razón, si vas a dedicarte a estos o a otros miembros del grupo Ciprinodontiforme (killis), deberás tomarte el trabajo de informarte bien, estudiar la biología de aquellos peces que van a estar bajo tu responsabilidad y dedicar tus mayores esfuerzos para brindarles un ambiente adecuado, una alimentación acorde a sus necesidades y las mínimas atenciones que ellos te exigirán.

Recibirás, a cambio de tan poco, mayores gratificaciones de las que puedan darte otros peces. Y tras haber participado directamente en esta experiencia, no me cabe ninguna duda, pasarás a formar parte de este selecto pero numeroso grupo de acuariófilos que vivimos apasionados por nuestros killis.


Palabras finales
En esta nota sólo he pretendido describir una biología tan asombrosa como apasionante. Es una manera de homenajear a la vida y a la Naturaleza por la extraordinaria capacidad de adaptación con que ha dotado a algunos de sus miembros.

Está en manos de los animales superiores (?), los humanos, el conservar este milagro para que puedan compartirlo las generaciones venideras.