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Los
peces anuales Recorriendo
algunos territorios rocosos durante el tórrido verano africano, en espacial
los de Somalia, Etiopía, Kenya, Uganda y Sudán, nada hace pensar que bajo
esa superficie desierta existe una forma de vida latente que se mostrará
plena de vitalidad y colorido al llegar la estación de las lluvias.
El agua
de lluvia que riega profusamente las sierras y valles arrastra en su recorrido
hacia las partes bajas materia orgánica diversa. Y los vientos que soplan
desde el Mar Rojo en el norte y el Océano Índico en es este, impulsan
la bruma marina cargada de sal hacia esos pequeños charcos. Esto confiere
al agua características poco comunes, ya que el agua de lluvia, prácticamente
desmineralizada, contiene un porcentaje de sodio que aportan los vientos
provenientes del mar.
Ante tal
abundancia de alimento y por sus propias necesidades de supervivencia,
el crecimiento de estos alevines es vertiginoso. El calor se aproxima,
y con él llega a su fin la vida en el charco, ya que el agua se evapora
inexorablemente. Así es que la supervivencia de la especie exige rápido
crecimiento y una pronta reproducción para asegurar la continuidad por
medio de sus descendientes. Para que
esto sea posible la abundancia de alimento es fundamental. Y la fortaleza
y agresividad para vivir hacen que sólo los machos más fuertes y mejor
dotados sean los que finalmente quedan vivos para defender sus territorios. En poco
más de dos meses llegan a su tamaño adulto. Y su intenso colorido permitirá
a los machos destacarse para atraer a las hembras hacia su pequeño territorio. Para ese
entonces el agua habrá llegado a temperaturas próximas a los 28-30º C
y se habrá ido evaporando poco a poco, acelerando rápidamente la descomposición
de la materia orgánica y concentrando el alimento en espacios cada vez
más reducidos. El cambio
de temperatura entre el día y la noche es muy brusco y en la medida que
el agua se va evaporando, puede pasar de 35-38º C en el día a menos de
18º C durante la noche. En esas
condiciones las hembras, empujadas a desovar por su propia naturaleza,
se van aproximando a los machos, quienes permanecen atentos a que ningún
otro invada su espacio vital. Allí, plenos de colorido para atraer a sus
compañeras, se abalanzan sobre ellas ni bien se introducen en su territorio,
apretándolas contra elñ suelo para que se entierren en él más o menos
profundamente y depositen los huevos que serán fecundados con abundancia
de espermatozoides antes de quedar sepultados por el material del lecho. Siendo
los territorios tan pequeños, las hembras pasan fácilmente de uno a otro,
desovando con diferentes machos hasta vaciar el ovario. Este método
garantiza la supervivencia aún ante la posibilidad de que la fertilidad
de algunos machos sea nula.
Dos o tres
días después, sobre lo que fuera un paraíso de vida y color, sólo quedarán
los rastros de los pájaros que se encargaron de limpiar lo poco que quedaba
de vida. Y el viento seco del verano irá depositando polvo sobre los restos
del fangoso lugar.
Algunas de esas esperanzas se perderán definitivamente al ser atacados los huevos por microorganismos, tanto hongos como parásitos. Oros se perderán al producirse lluvias extemporáneas que aportarán agua sólo por unos pocos días, provocando el nacimiento. Pero la Naturaleza ha dotado a estos peces de un recurso para asegurarles la supervivencia: nunca los huevos eclosionan al mismo tiempo. Muchos demoran en madurar más tiempo del que dura el agua de verano. En tales casos el embrión detiene su crecimiento, el cual se reiniciará –esta vez- sólo cuando el agua permanezca bastante tiempo en contacto con el huevo. Muchos de los huevos tienen capacidad de soportar una o más lluvias sin inmutarse, y solamente reaccionarán interrumpiendo su diapausia tras mucho tiempo de estar en remojo, comenzando su desarrollo en condiciones muy especiales, tales como el descenso de la temperatura, la diferencia de presión osmótica y otros procesos que se dan en tales ambientes.
Por esa
razón, si vas a dedicarte a estos o a otros miembros del grupo Ciprinodontiforme
(killis), deberás tomarte el trabajo de informarte bien, estudiar la biología
de aquellos peces que van a estar bajo tu responsabilidad y dedicar tus
mayores esfuerzos para brindarles un ambiente adecuado, una alimentación
acorde a sus necesidades y las mínimas atenciones que ellos te exigirán. Recibirás,
a cambio de tan poco, mayores gratificaciones de las que puedan darte
otros peces. Y tras haber participado directamente en esta experiencia,
no me cabe ninguna duda, pasarás a formar parte de este selecto pero numeroso
grupo de acuariófilos que vivimos apasionados por nuestros killis.
Está en manos de los animales superiores (?), los humanos, el conservar este milagro para que puedan compartirlo las generaciones venideras. |
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